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Voluntad nacional o humillación

Hola compañeros, ¿cómo están?, espero que hayan arrancado bien el año. Quiero contarles que voy a empezar a escribir más seguido, están pasando muchas cosas y me parece importante sistematizar ideas. Va a ser un año intenso de lucha y militancia, y necesitamos teoría. No necesariamente van a ser notas largas, sino más bien de formato newsletter, cortitas pero jugosas (o eso espero).

La semana pasada estuve en Misiones. Provincia hermosa y fundamental para la geopolítica argentina. Misiones es un saliente geográfico, o sea un territorio que se proyecta dentro del espacio de otro Estado, quedando rodeado por países vecinos en varios de sus lados, pero sin perder continuidad territorial con su propio país. Más del 80% de las fronteras misioneras lindan con países extranjeros (Brasil y Paraguay). Es central en la geopolítica de la cuenca del plata, por su proyección integradora, por la seguridad de la triple frontera, por sus cursos de agua (y por el acuífero guaraní), por tener el 52% de toda la biodiversidad del país, por su centralidad geohistórica (misiones jesuíticas, zona de disputa con el imperio portugués y brasilero, etc).

Fui a las cataratas y recorrí paisajes hermosos. Cuando uno recorre la Argentina no puede creer el pedazo de país que tenemos. También estuve con Manfredo, un productor yerbatero que preside una cooperativa en Montecarlo. Al igual que en los 90, el estado nacional desreguló el INYM (Instituto Nacional de la Yerba Mate), que ponía un precio sostén a la producción. Desde que ganó Milei las grandes empresas comercializadoras, que son dos o tres, les pagan 40 pesos el kilo de hoja verde a los más de 13 mil productores que tiene la provincia. Manfredo me contaba que hay un tendal de productores fundidos. A diferencia de la pampa húmeda, en Misiones la tierra está más parcelada, la unidad productiva son 25 hectáreas y hay yerbateros que siembran 5 o 10 hectáreas. Quiero decir: no son empresarios, son laburantes. Si ellos están mal, imaginen a los cosecheros. Peones, changarines, que viven de la zafra, como sus padres y sus abuelos, también son 13 mil y hoy solo subsisten (ganan poco más de 300 mil al mes). Los condenados de la tierra (roja).

En Misiones también hay producción forestal. Está Arauco, multinacional chilena que es dueña del 8% de la provincia, 200 mil hectáreas. El departamento Iguazú, zona de frontera viva e hipersensible en términos geopolíticos, tiene el 40% de su tierra extranjerizada. Mucho es de Arauco, que en los 90 le compró la tierra a los yerbateros que se fundían, por 100 dólares la hectárea. Hoy tiene un imperio. Al menos, hasta hace cinco años, Arauco contrataba más de 5 mil motosierreros que laburaban cortando los pinos y eucaliptus que inundaban la provincia. Hoy no están más. La empresa automatizó el proceso y los echó a todos.

El problema de recorrer el país es que en el interior profundo las injusticias se multiplican por mil. Aunque el celular globalice y “democratice”, hay lugares, sectores, desde hace décadas, aplastados por el silencio. Aislamiento, silencio y sufrimiento.

Este verano estuve leyendo bastante sobre la revolución china. Es un proceso increíble. Los tipos se la pasan guerreando treinta años hasta que vencen. Contra los señores de la guerra (caudillos con camarillas militares que controlaban inmensas regiones de China), contra el kuomintang, contra Japón, después de nuevo contra el kuomintang. Hasta que vencen. Mao cuenta que en su infancia los campesinos eran tan pobres que comían gusanos o la corteza de los árboles. El siglo de la humillación empieza con la guerra del opio en 1842. Desde allí hasta 1949, China será un vasallo de las potencias extranjeras (GB, Francia, Rusia, Japón), y padece una miseria espantosa. Fueron necesarios 30 años, una guerra mundial, dos guerras civiles, una invasión y millones y millones de muertos para que el pueblo chino recupere su dignidad. Hoy se encamina a ser la principal potencia del mundo.

La lectura me dejó pensando en la importancia de la voluntad de un pueblo para poder ser libre. En la primera guerra civil contra el Kuomintang, Mao lideró la Larga Marcha. Un recorrido de 12 mil kilómetros en 370 días para escapar del asedio enemigo. Fue tan duro el camino que de 100 mil combatientes que partieron, sólo sobrevivieron 7 mil. El 7%. Y aún así siguieron luchando (eso fue solo durante un año, ¡imaginen 30, y muchos de ellos contra el superpoderoso imperio japonés!).

Morgenthau dice que existen 10 factores de poder nacional: Geografía, recursos, industria, ejército, diplomacia, etc. pero él hace hincapié en uno: la voluntad de la Nación.

¿Qué voluntad tiene el pueblo argentino para ser libre? ¿Qué voluntad tienen sus dirigentes?

A veces pienso en la hipotética llegada de un bloque nacional al poder. Supongamos que llega con los cuadros necesarios y un arduo proceso de organización popular. Avanza. Intenta nacionalizar el comercio exterior y la banca, distribuir la tierra, ocupar la Patagonia, adoctrinar y fortalecer a su ejército, recuperar Malvinas, distribuir la renta minera y petrolera a la industria, etc. Es decir: soberanía y comunidad, el viejo y necesario nacionalismo popular. El enemigo va a actuar. Va a atacar, como atacó a los chinos durante 30 años. Estados Unidos, Gran Bretaña, la oligarquía local, las grandes corporaciones, el FMI, el sistema financiero internacional, etc. Ni siquiera pensemos en una invasión, pensemos en un bloqueo económico.

¿Podría soportar el pueblo argentino, hoy o cuando fuese, un boicot comercial que le impida consumir bienes a los que está acostumbrado (muchos de ellos superfluos)? ¿Si Perón se quedaba en el 55, hubiera soportado el pueblo argentino una guerra civil?

¿Qué voluntad tiene el pueblo argentino para llevar adelante un proceso revolucionario? ¿Qué hacemos nosotros, los militantes, para incrementar esa voluntad de lucha?

Son preguntas, preguntas que me hago después de escuchar el llanto desgarrado de un yerbatero, de un trabajador de mi Patria, hace apenas una semana. Después de ver, como tantas veces, injusticias insoportables contra los mismos de siempre.

No creo (ni quiero) que nuestro pueblo tenga que ser como el chino. No creo que sea necesaria la violencia. No creo que el siglo XX sea el siglo XXI. Si creo que este país necesita una revolución, y no hay revolución sin voluntad.

Ojalá empecemos a construirla. Nos vemos la próxima. 

Imagen de Pablo Garello

Pablo Garello

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