Hola compañeros, espero que estén muy bien, aquí la segunda nota del año en estilo newsletter. Contarles que en febrero volvemos con los vivos de youtube para compartir la coyuntura nacional y estamos preparando también videos grabados, más extensos y jugosos. Además pueden seguir las publicaciones de instagram, los últimos carruseles son sobre geopolítica de Roca y sobre la política exterior de Bramuglia (canciller de Perón) que creo que salieron lindos. Sin darnos cuenta, Rosca y Tinto se fue convirtiendo en un medio de comunicación con presencia en distintas plataformas. Para apoyar este contenido militante y 100% a pulmón podés suscribirte en esta página web y hacer un aporte mensual. Nos viene bárbaro porque realmente es mucho laburo.
Mientras escribo esto, estoy en la ciudad de Santa Fe. Se habrán enterado del crimen de Jeremías Monzón, ocurrido en diciembre de 2025 en esta ciudad. Es uno de los casos más terribles de los que tenga memoria. Tres jóvenes de 14, 15 y 16 años apuñalaron hasta la muerte a Jeremias (de 16) por haber difundido un video sexual donde participaban. Los adolescentes grabaron la tortura, en un festival de sangre digno de una película de terror (el video se difundió en estos días). La provincia está consternada.
En la misma semana aparecía la noticia de Chispita, ladrón de 12 años que murió en un tiroteo con la policía en Tres de Febrero. Al día siguiente se viralizó un vídeo del niño consumiendo cocaína.
Noticias así te revientan el corazón. ¿Qué está pasando para que un adolescente encañone a sus vecinos y tome falopa cuando debería estar en la escuela?¿Qué pasa para que otros tres desangren hasta la muerte a un par, mientras lo filman y se ríen?
La realidad es que Argentina sufre una degradación tan profunda que imágenes como estas parecen volverse cada vez más comunes. La falta de trabajo, la ruptura del tejido social, la ausencia del estado y el consumismo en todas sus formas están destruyendo los valores más primarios de la comunidad.
Desde hace años el liberalismo ensaya un movimiento de pinzas letal que va carcomiendo el alma de nuestro pueblo. Por izquierda y por derecha el enemigo avanza, genera grietas, divide a los de abajo y desestructura toda fuerza social capaz de darle pelea.
Por derecha el liberalismo destruye el trabajo. La apertura de importaciones, la desregulación económica, la ausencia de políticas estatales que orienten la producción. Desde que asumió Milei cerraron 30 fábricas por día, más de 300 mil despidos.
El trabajo es el gran ordenador social, su ausencia crónica genera pobreza, violencia, competencia e individualismo feroz. Cuando no hay trabajo los barrios se agrietan y la comunidad se marchita. La escuela no funciona, el club cierra, los servicios se deterioran. El precariado reproduce la ley de la selva. El crimen de Jeremías Monzón ocurrió en una fábrica de garrafas abandonada. Donde antes había trabajo, hoy hay muerte.
Pero el enemigo no ataca de un lado, sino de ambos. Por izquierda el liberalismo también reproduce individualismo. Durante años el progresismo criticó toda forma de autoridad. En la escuela debía primar la libertad individual de los niños y obturar cualquier atisbo de castigo, la familia debía ser deconstruida y la autoridad paterna desterrada, la policía debía desaparecer de la tierra (“estudia, no seas policía” como arquetipo del gorilismo izquierdista), y el ejército?! mejor ni hablemos.
En una interesante y reciente nota, Manuel Cruz aporta: “Desde los años ochenta y noventa, buena parte de la izquierda argentina abandonó el marxismo clásico, centrado en organización, Estado, planificación y conflicto material, y adoptó la matriz posmoderna importada de Francia y Estados Unidos. Foucault, Derrida y sus epígonos redefinieron el poder como intrínsecamente opresivo, independientemente de su función. La escuela, la policía, la cárcel, el ejército, la Iglesia y el propio Estado pasaron a ser leídos menos como infraestructuras de orden colectivo que como dispositivos de dominación”. Y yo no sería taxativo en acusar solo a la izquierda, el peronismo también sufrió un profundo entrismo liberal.
Por eso debemos recuperar el nacionalismo popular como praxis política y formulación teórica. No se puede vivir sin orden ni disciplina. Como dice Cruz “la capacidad de una autoridad pública para hacer cumplir reglas, sancionar incumplimientos y proteger a quienes las respetan no es una anomalía autoritaria, sino la condición misma de la vida democrática”.
Por supuesto que la autoridad, el orden y el castigo no aplica solo al soldadito de la villa o al ladrón del barrio, sino también a los delincuentes de guante blanco. Cuando Cargill evade impuestos en la comercialización de la soja debemos caer con el peso de la ley. Cuando Coto remarca precios y cuando Caputo utiliza información privilegiada para enriquecer a sus amigos, también. Sin autoridad no hay revolución. El progresismo, al entender al Estado como una amenaza autoritaria le quitó su función como garante de un orden justo. Lo único que tenemos los pobres para defendernos de los poderosos, es el Estado. Un estado débil, que no impone orden y permite la indisciplina va contra nuestros intereses.
El estado nacional debe recomponer su autoridad. Garantizar trabajo, disciplina y si es necesario castigo. Un niño de 15 años que tortura y mata, debe estar preso (y por eso creo que tenemos que discutir la baja de la imputabilidad para crimenes tan terribles). Al mismo tiempo, debemos crear las condiciones sociales para que esa anomalía no ocurra. La respuesta es la de siempre: comunidad organizada, donde haya trabajo para todos, donde la familia sea el núcleo social básico, donde exista una educación pública de excelencia (forjadora de grandes valores éticos y patrióticos), donde los clubes de barrio y las bibliotecas rebalsen de pibes.
Amor, trabajo, solidaridad y disciplina; no existe una comunidad virtuosa sin dichos valores.
Nos vemos la próxima.