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El tiempo de la eficiencia

¿Se dieron cuenta que los políticos ya no hacen política? Osea, no hablan con la gente, no forman cuadros, no elaboran una estrategia para construir fuerza social, no tienen claro a qué enemigos enfrentan, ni qué intereses representan. Es muy extraño. Los políticos que no hacen política. Obvio: si es que no identificamos hacer política con pagarle a consultoras para medir el humor social, o pagarle a focus groups para saber qué decir, o polemizar en twitter o conversar solo con otros políticos, o a lo sumo con algún juez y algún periodista. O pensar en cargos, guita y contratos y no en cómo reconstruir un país que se cae a pedazos. Si no creemos que eso es hacer política, nos daremos cuenta que los políticos ya no la hacen. O que la mayoría de los políticos ya no la hacen.

Como desde nuestro humilde lugar tratamos de hacerla, nos interesa recorrer y hablar con la gente. Es el ABC de la buena política: saber que siente, vive y piensa el pueblo. Si no lo hacemos es imposible tener un buen diagnóstico de la realidad y con él, planificar un futuro posible. Resulta una picardía decirlo pero en momentos donde la rosca superestructural se come todo, me parece importante.

En fin, el otro día conversaba con un compañero que es ingeniero aeronáutico y trabajó en grandes proyectos como el Tronador, primer cohete con motor a propelentes líquidos desarrollado y lanzado en Argentina. Me contó muchísimas cosas de la industria aeroespacial y de la enorme capacidad de los profesionales argentinos. Pero una cosa me llamó la atención: en Veng, la empresa estatal para la que trabajaba “avanzaban los proyectos los años no electorales, pero cuando había elecciones todo entraba en una nebulosa: directivas, presupuestos, licitaciones, compras. Como en Argentina hay elecciones cada dos años, se volvía realmente imposible”. De aparecer en el mapa mundial de la industria aeroespacial por Arsat y otros proyectos, a ser un actor irrelevante, el triste derrotero de nuestro país en los últimos años. 

Nuestro compañero, frustrado, ya casi no trabaja para el sector, pero al menos se quedó en Argentina. Distinto es el caso de cientos de ingenieros recibidos en la universidad pública, que se fueron y hoy trabajan en las grandes corporaciones espaciales del planeta: España, EEUU, Francia. “Y te aseguro que no es solo un problema de guita – me decía – si vos le pagas menos pero sienten que hay un proyecto, que hay desafíos, que hay una estrategia, los tipos se quedan. Hay un sentimiento nacional muy fuerte en el sector, pero la Argentina de los últimos años te liquida todas las expectativas, te obliga a irte a la mierda”.

Ojo, no es solo problema de gobiernos neoliberales que directamente desfinancian los proyectos, lo fue también de nuestro último gobierno que tuvo nulo interés en sostenerlos. Y allí es cuando tenemos que discutir sobre el rol del Estado en la estéril democracia liberal.

Ustedes saben que yo soy un férreo defensor del Estado en los sectores estratégicos. Comercio exterior, servicio financiero, energía, transporte, minerales e industrias críticas deberían estar en manos del Estado. Pero el Estado no es un ente autónomo, o una especie de máquina infalible, es una institución formada por seres humanos. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando los directores de una empresa estatal estratégica están por favores políticos y no por vocación ni conocimiento? ¿Qué pasa cuando a esos directores les interesa más el posicionamiento electoral que el desarrollo de los proyectos?

Ocurre lo que contó el compañero: los años no electorales la cosa puede andar, pero cuando hay elecciones, la empresa se vuelve un campo de disputa más, en la mezquina rosca partitocrática. Por lo tanto, los proyectos fracasan y los cerebros se fugan. Estoy hablando estrictamente del sector ciencia y técnica y de sectores estratégicos (aunque pasa en todas las áreas).

Se vuelve muy difícil en estos casos defender al Estado; y se vuelve muy fácil para un liberal decir: “no ves, si la empresa fuese privada no frenaría en años electorales”. Y doy este ejemplo porque es el que conversé en la semana, pero tranquilamente cabrían otros comentarios, al estilo de: “no ves, si la empresa fuese privada y la plata fuera propia, él director no gastaría en pagarle a un chofer para que vaya a comprarle cigarrillos. Lo hace porque la plata es de los contribuyentes”.

Repito: yo creo que el Estado, entre otras cosas, debería administrar el comercio exterior para distribuir correctamente la renta agraria diferencial (como hizo Perón a través del IAPI). Estamos hablando de una estructura gigantesca que controle puertos, acopiadores, buques, etc. Miles de empleados. ¿Confía nuestro pueblo en el Estado para que administre semejante masa de dinero? ¿Confiamos nosotros en sus capacidades, para sumarle tareas?

“No pueden administrar un hospital y quieren manejar el comercio exterior” me dijo una vez un amigo. 

Por supuesto que hay países que no tienen este problema. Pensemos el caso chino, que creó una élite patriótica en base a la meritocracia, castigó la corrupción y la ineficacia letalmente, y extinguió la democracia liberal como posibilidad. En China no hay elecciones y no cambia el gobierno cada cuatro años, el Estado no se vuelve un botín de guerra a repartir por las distintas facciones partidocráticas (acá el PJ es una más). El Estado es lo permanente, lo sagrado.

No estoy diciendo adoptar un sistema de partido único. Cada pueblo tiene soluciones propias a sus problemas. La Argentina es un país democratico (y si no lo fuera, tampoco están dadas las condiciones para un autoritarismo nacionalista y popular como fue el del 43). El peronismo fue una revolución democrática, y desde allí debemos pensar. Aquí algunas ideas:

  • En primer lugar, volver a la democracia social justicialista. Esto implica darle más poder de representación a las organizaciones libres del pueblo, sean sindicatos, clubes, cámaras empresarias, parroquias, etc. Los partidos políticos no pueden arrogarse la representación única de nuestro pueblo.
  • Crear una élite patriótica, moralmente íntegra y capacitada para conducir los hilos del Estado. Castigo para oportunistas, corruptos y burócratas. 
  • Con respecto al proceso electoral: Eliminar las elecciones cada dos años y elevar el mandato a seis. En cuatro años es imposible desarrollar un proyecto y más si hay una elección intermedia condicionando los plazos.

Desde nuestro humilde esquema político, estamos construyendo una plataforma para paliar la segunda cuestión. Formación intelectual, ética y patriótica, para construir una élite nacionalista a largo plazo. Estén atentos que pronto se inaugura, y queremos que formen parte.

Y ya saben: para colaborar con el proyecto pueden suscribirse mensualmente en esta misma página web. Nos ayuda muchísimo. ¡Gran abrazo! ¡Nos vemos la próxima!

Imagen de Pablo Garello

Pablo Garello

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